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En las últimas dos semanas, probablemente muchos peruanos desarrollaron o afianzaron su rechazo a la empresa privada y a la economía de mercado. Sin duda, las innumerables noticias y declaraciones sobre el precio del balón de oxígeno, los precios de los medicamentos, los supuestos cobros de las clínicas privadas por las pruebas moleculares del COVID-19, contribuyeron a esta desazón con la iniciativa privada. Hoy, gracias también a un periodismo que hace poca investigación, se cuestiona el rol de la empresa privada en el sector salud y, peor aún, la conveniencia del modelo de economía de mercado.

Desgraciadamente, muchas veces se opina y se escribe en base a información parcial y, peor aún, parcializada. Si lo que se quiere es aportar –en contraposición a figurar– resulta indispensable contar con información fidedigna antes de abrir la boca o levantar la pluma. Por ejemplo, las noticias, opiniones y proyectos legislativos respecto de los precios de medicamentos, probablemente no partieron del monitoreo de los precios que se registran en el Observatorio de Productos Farmacéuticos y seguramente no tomaron en cuenta qué había sucedido con los precios internacionales de los insumos. Si los costos suben, es natural que los precios suban.

En el caso de las clínicas privadas se partió de un informe de la Contraloría que no se tomó el tiempo necesario para reunir información representativa y llegar a conclusiones válidas antes de hacerlo público. Al final, se dio pie a que algunos piensen que las clínicas privadas se habían comportado como “buitres”. En el caso del oxígeno medicinal, aparentemente muchos ofertantes (de diverso tamaño y grado de formalidad) han abusado de una situación extrema, ganándose el repudio de la población. Tal vez no hicieron algo ilegal, pero sin duda atentaron contra reglas no escritas de convivencia y contra el sentido común, que una vez más demuestra ser poco común, tanto por el acto de abuso como por la reacción al mismo.

Ahora, si bien defendemos la economía de mercado, no avalamos el capitalismo salvaje, el mercantilismo, ni lo que muchos consideran especulación desmesurada. En general, estamos en contra de aquellos actos que chocan con la solidaridad y el balance social. Sin embargo, el afán de lucro no es algo malo, es la motivación detrás de nuestro sistema económico. Es este afán el que ha permitido generar mucha riqueza en los últimos 30 años y sacar a más de 10 millones de peruanos de la pobreza. Es más, es lo que ha llevado a que, en el medio de la pandemia, se hayan mantenido millones de puestos de empleo y la provisión de servicios; no se debe satanizar.

Sin embargo, los abusos no deben tolerarse. Lo importante entonces, es distinguir entre abusos y movimientos propios del mercado. Y para poder diferenciar, se necesita buena información. El funcionamiento eficiente del mercado requiere que todos los actores tengan acceso a información fidedigna.  Aquí hay mucho por hacer. En vez de levantar apresuradamente un dedo acusador, hay que proveer de información de manera oportuna. ¿Por qué no se opta por publicar los precios de las muestras o del oxígeno, todos los días y para todos los proveedores? Un mercado más eficiente impondría mayor control y disciplina que cualquier regulación.

Pensar que los controles de precios o las empresas públicas son la solución es simplemente ignorar los enormes costos que estos ya generaron en nuestro país. El estado actual de nuestros hospitales públicos es un botón de muestra. La prevalencia del sentido común no se asegura con leyes que carecen del mismo.

Publicado en Diario Gestión, 11 de junio de 2020

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