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“La primera lección de economía es la escasez: nunca existe lo suficiente de algo para satisfacer las necesidades de todos. La primera lección de la política es olvidar la primera lección de economía.” Esta frase de Thomas Sowell cobra relevancia en el Perú de hoy. Nuevamente, escuchamos en los medios de comunicación y en el Congreso, propuestas de controles de precios con el objeto de promover el acceso a productos y servicios de primera necesidad a los sectores de menos recursos. Ejemplo de esto es el reciente proyecto ley para regular los precios de medicamentos y de productos para la protección de la salud en estado de emergencia sanitaria, promovido por la bancada del Frente Amplio.

¿Acaso, establecer topes a los precios resuelve el problema de la escasez o, más bien, lo podría agravar? El populismo, con toda la irresponsabilidad que lo caracteriza, nos está tocando la puerta nuevamente. Aquí no se trata de recitar el credo del economista neoliberal –según el cual los controles de precios y muchas otras formas de intervención estatal destruyen valor y generan un enorme costo social–, sino de ser pragmáticos y no proponer políticas que ya nos han causado mucho daño en el pasado.

Los economistas enfatizan que los precios relativos son las señales básicas que sustentan la economía de mercado. Los precios fijados por la interacción de la oferta y la demanda proveen mucha información, y a partir de ella los agentes económicos toman un sinfín de decisiones. Los controles de precios distorsionan estas señales, generando grandes ineficiencias y racionamiento. Es decir, aseguran que la población no pueda acceder a la cantidad deseada del producto o servicio cuyo precio se controla. Pero, además de esto, este tipo de iniciativas incrementan la incertidumbre a los inversionistas, lo cual ahuyenta el capital y reduce el crecimiento y el empleo. Así, el problema no es solo de estática comparativa, sino básicamente uno de dinámica macroeconómica.

Habiendo pasado por el descalabro económico de los años 80, es increíble volver a escuchar este tipo de propuestas. En aquel entonces se intentó controlar los precios de los alimentos básicos, el tipo de cambio y las tasas de interés, entre otros. ¿El resultado? Colas interminables para conseguir un poco de azúcar, leche o arroz; racionamiento cambiario y crediticio, a la vez que florecían los mercados negros y la corrupción. ¿Por qué sucedió esto? Porque los controles de precios no alivian el problema de falta de acceso a un determinado producto, sino que lo empeora: a menor precio, menor volumen ofertado.

Hace más de 30 años que no tenemos controles de precios para los alimentos, y verificamos más producción y más consumo per cápita de productos de primera necesidad que cuando habían controles de precios. En este periodo, tampoco controlamos el tipo de cambio ni las tasas de interés, y las reservas internacionales y el nivel de crédito llegaron a sus niveles más altos. Y en materia de precios de combustibles, hace cerca de 10 años que el número de productos sujeto al Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles se viene reduciendo. Hace 2 meses, se excluyeron de la lista 2 de los últimos 3 combustibles que quedaban, por generar un alto costo fiscal y no beneficiar a los más pobres. Así de claro y simple: ¡los controles de precios no funcionan!

Y hoy en día, cuando vemos a los políticos proponer controles de precios en el sector salud y congelar los intereses en el sistema financiero, justamente en el contexto de la actual crisis, cabe preguntarse: ¿No han aprendido nada? ¿Qué viene después, expropiaciones y más empresas públicas?

 

Publicado en Diario Gestión, 25 de junio de 2020

 

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